viernes, 5 de septiembre de 2014

Ya sea Bon Head buscando minas, Colón buscando las indias, intelectuales buscando vanguardias o respuestas en la Rusia socialista, el motivo del viaje atraviesa los escritos, crónicas y cartas de centenares de personas en tránsito. 
A modo de crónica o de diario, las plumas se han posado para dejar registro de su experiencia. Yo, en este caso, elegí escribir con un teclado y en formato digital.
Un viaje, supongo, no empieza ni termina cuando se pisa el aeropuerto, sino que es todo un proceso. Obviamente, un proceso de aprendizaje. Sin embargo, en este, indefectiblemente, se articulan potentes y condicionales expectativas. Digamos, todas aquellas representaciones previas, imágenes que uno piensa que se va a encontrar ni bien pise suelo europeo.
Si bien se podría discurrir eternamente sobre distintas idas y vueltas, partamos del punto plateado. Históricamente, para los habitantes del Río de la Plata, Europa ha sido el objetivo. Para la Generación del ´37, para los encargados de la formación del estado nacional (aunque podríamos evadir al desilucionado Sarmiento), para la elite porteña de los años ´20, etc. Varias veces se ha tomado como ejemplo el modelo europeo. Y el viaje, para personas como Victoria Ocampo, representaba una señal de prominencia intelectual y social.
Podría traer a colación a David Viñas que aquí me funciona como anillo al dedo.
Este crítico literario caracteriza distintos tipos de viajes. El finisecular que denomina como “viaje estético”, protagonizado por los gentlemen de nariz parada que quieren huir de las oleadas inmigratorias. “Cada vez más distanciado, a cada paso destruyendo nexos con los otros y con la historia cotidiana el viajero estético finalmente se quedará a solas para dar una versión de Europa identificada con un museo.” (Viñas, 28) Presentándose como “ciudadano del mundo” niega la pertenencia territorial, “habitante absoluto” del cosmopolitismo. Piensa al viejo continente como una Europa sacra, la europa blanca de museos y palacios.
Por otro lado, para el viajero modernista como lo es Rubén Darío, Europa es la proyección de su interior espiritual. En palabras de Viñas, “es el proceso de desrealización del viaje a Europa que en su paulatino movimiento de interiorización estetizante marca la secuencia torre de marfil-Europa, torre de marfil-ciudad artística, torre de marfil-mi propia habitación” (Viñas, 32). Lo que sobrevendría después sería una vuelta casi romántica a las pampas ante el ocaso de la belle époque. Una vuelta purificadora, pretérita, que resguarda del caos de la Gran Guerra y de lo que consideran una “invasión” inmigratoria “asfixiante”. Se da la espalda a la Europa bélica e invasiva, para imbuirse en un telurismo religioso.
Diferente es el caso, como lo plantea Sylvia Saítta, de los viajeros de izquierda, que viajan en calidad de cronistas, siendo simpatizantes, militantes u observadores de la revolución. Una revolución que deja de ser utopía y pasa a materializarse en espacio y sociedad: en Rusia, en Cuba y en China. Algunos como Ghioldi viajan como delegados para participar del III Congreso de la Internacional Comunista, otros, como Marechal para ser parte del jurado de un concurso literario. Claro que en todo relato de viaje, el arribo es una escena convencional y determinante. Se realizan comparaciones (teniendo en cuenta lecturas, ideas, etc) entre lo nuevo y el bagaje. Como dice Edward Said, cuando uno se enfrenta a lo desconocido, busca decodificarlo con experiencias que ya ha tenido. Y vale agregar, entre la expectativa y la realidad.
Y así, vuelvo al punto de partida: Voy a viajar a Europa que ha sido mi propio objetivo desde pequeña. Y hoy escribo esto particularmente porque hoy mismo voy a armar el recorrido que realizaré en Paris y en Londres. Mis dos ciudades- faro. Hace tiempo que vengo esperando esta oportunidad. No quiero desilusionarme como lo hizo Sarmiento de Paris. Espero que no. Aunque, ya es tiempo de dejar de esperar.

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